Los looks de Zendaya durante la promoción de La Odisea han estado inspirados en la mitología griega, la alta costura y el personaje que interpreta en la película de Christopher Nolan: la diosa Atenea. Sin embargo, uno de sus accesorios terminó desatando un debate en redes sociales que más allá de la moda.
Se trata del par de aretes que llevó durante un evento en Londres, piezas que fueron elaborados con auténticos discos de oro de aproximadamente 3.000 años de antigüedad. Los pendientes circulares acompañaban a un vestido blanco de Jacquemus y un tocado inspirado en la estética clásica, un conjunto pensado para evocar la figura de Atenea.
Aunque el estilismo recibió elogios, algunos internautas han cuestionado la ética en el uso contemporáneo de reliquias históricas.
La historia detrás de los aretes
Según un artículo de National Geographic, los pendientes incorporan dos discos de oro pertenecientes al llamado tesoro de Ziwiye, un conjunto de objetos de oro, plata y marfil descubierto a finales de la década de 1940 cerca de Saqqez, en el noroeste de Irán. Las fuentes indican que los discos habrían sido fabricados entre los siglos VIII y VII a. C., durante el período en que la región estuvo bajo la influencia de pueblos como los medos, los asirios y los escitas.
Quien integró las reliquias en un diseño contemporáneo fue el joyero londinense Glenn Spiro. Él los montó sobre una estructura de oro amarillo de 18 quilates con diamantes como parte de su colección Materials of the Old World. Más adelante, la firma Barron London adquirió la pieza y la cedió para que Zendaya la utilizara durante la promoción de La Odisea.
NatGeo describe a los medallones con un motivo de roseta o solar, un símbolo frecuente en el antiguo Oriente Próximo. Algunos especialistas creen que estaba asociado al dios solar asirio Shamash, mientras que otros consideran que originalmente pudo formar parte de una prenda ceremonial o de un elemento decorativo del vestuario, y no de unos pendientes como los actuales.
La procedencia del tesoro de Ziwiye es uno de los aspectos que alimentan el debate. National Geographic señala que el hallazgo ocurrió sin la presencia de arqueólogos, por lo que numerosas piezas fueron retiradas, fragmentadas y vendidas antes de que pudieran documentarse de manera adecuada.
Esa situación impidió reconstruir el contexto original del descubrimiento. Los investigadores desconocen con precisión dónde estaban enterrados los objetos, con qué otros elementos aparecieron o cuál era su función exacta. Con el paso del tiempo, las piezas terminaron dispersas entre colecciones privadas e instituciones como el Museo Británico, el Louvre y el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.